Camino de infancia espiritual

Andrés Vázquez de Prada

El Fundador del Opus Dei, Ediciones Rialp, Madrid 1997, pgs. 404-422.

 

En los meses de septiembre y octubre de 1931, cuando en el corazón de aquel joven sacerdote germinaban tan copiosamente los afectos de amor, el Señor le confirmaba en el camino del verdadero abandono filial. Y del torrente de aquellas gracias brotó fortalecida otra vena de agua: una particular vida de infancia espiritual.

Tenía por costumbre, no pocas veces, cuando era joven —nos dice el Fundador—, no emplear ningún libro para la meditación. Recitaba, paladeando, una a una, las palabras del Pater Noster, y me detenía —saboreando— cuando consideraba que Dios era Pater, mi Padre, que me debía sentir hermano de Jesucristo y hermano de todos los hombres.

No salía de mi asombro, contemplando que era ¡hijo de Dios! Después de cada reflexión me encontraba más firme en la fe, más seguro en la esperanza, más encendido en el amor. Y nacía en mi alma la necesidad, al ser hijo de Dios, de ser un hijo pequeño, un hijo menesteroso. De ahí salió en mi vida interior vivir mientras pude —mientras puedo— la vida de infancia, que he recomendado siempre a los míos, dejándolos en libertad[1].

El 2 de octubre, fiesta de los Ángeles Custodios, tercer aniversario de la fundación del Opus Dei, y víspera de la fiesta de Santa Teresita de Lisieux, invocó ardientemente a los espíritus celestiales, y de manera especial a su Ángel Custodio:

Le eché piropos y le dije que me enseñe a amar a Jesús, siquiera, siquiera, como le ama él. Indudablemente

Santa Teresita [...] quiso anticiparme algo por su fiesta y logró de mi Ángel Custodio que me enseñara hoy a hacer oración de infancia. ¡Qué cosas más pueriles le dije a mi Señor! Con la confiada confianza de un niño que habla al Amigo Grande, de cuyo amor está seguro: Que yo viva sólo para tu Obra —le pedí—, que yo viva sólo para tu Gloria, que yo viva sólo para tu Amor [...]. Recordé y reconocí lealmente que todo lo hago mal: eso, Jesús mío, no puede llamarte la atención: es imposible que yo haga nada a derechas. Ayúdame Tú, hazlo Tú por mí y verás qué bien sale. Luego, audazmente y sin apartarme de la verdad, te digo: empápame, emborráchame de tu Espíritu y así haré tu Voluntad. Quiero hacerla. Si no la hago es... que no me ayudas.

Y hubo afectos de amor para mi Madre y mi Señora, y me siento ahora mismo muy hijo de mi Padre‑Dios[2].

Esta catalina es la primicia del nuevo camino emprendido. Pasó luego don Josemaría, en recogimiento interior, unos días de oración afectiva y fervorosa, mientras por la calle corrían rumores alarmantes de una nueva quema de iglesias y conventos. El 14 de octubre se enteró que se había aprobado el famoso y triste artículo 26 de la Constitución, que llevaba pareja la expulsión de la Compañía de Jesús. Esa misma tarde se fue a ver a su confesor a Chamartín. El peligro no afectaba solamente a los jesuitas. Todos los conventos y residencias de religiosos estaban expuestos a ser asaltados. Los estudiantes católicos solían, para protegerlos, montar la guardia de noche. El 15 de octubre, día de Santa Teresa de Jesús, el capellán se presentó en clausura. Las monjas se hallaban atemorizadas por los alarmantes rumores que les venían de la calle. Las sosegó como pudo, poniendo calor y optimismo en sus palabras:

Hoy entré en la clausura de Sta. Isabel. Animé a las monjas. Les hablé de Amor, de Cruz y de Alegría... y de victoria. ¡Fuera congojas! Estamos en los principios del fin. Santa Teresa me ha proporcionado, de nuestro Jesús, la Alegría —con mayúscula— que hoy tengo..., cuando, al parecer, humanamente hablando, debiera estar triste, por la Iglesia y por lo mío (que anda mal: la verdad): Mucha fe, expiación, y, por encima de la fe y de la expiación, mucho Amor. Además esta mañana, para purificar dos Copones, por no dejar al Ssmo. Sacramento en la Iglesia, comulgué casi medio copón, aunque di bastantes formas a cada religiosa[3].

Las religiosas le premiaron aquella siembra de alegría:

Al salir de la clausura, en la portería, me han enseñado un Niño, que era un Sol. ¡No he visto Jesús más guapo! Encantador: lo desnudaron: está con los bracitos cruzados sobre el pecho y los ojos entreabiertos. Hermoso: me lo he comido a besos y... de buena gana lo hubiera robado[4].

Desde entonces se acercaba todas las semanas al torno del convento y la Madre Tornera le dejaba el chiquitín. Era la época en que se entrecruzaban en su alma alegrías y desconsuelos, un ardiente fluir de afectos en su oración y duras pruebas en las que pedía una cruz sin Cirineos. La devoción al Niño iba informando su vida interior:

El Niño Jesús: ¡cómo me ha entrado esta devoción, desde que vi al grandísimo Ladrón, que mis monjas guardan en la portería de su clausura! Jesús‑niño, Jesús‑adolescente: me gusta verte así, Señor, porque... me atrevo a más. Me gusta verte chiquitín, como desamparado, para hacerme la ilusión de que me necesitas[5].

A medida que arraigaba en su alma la sólida devoción a la infancia de Cristo, comprobaba don Josemaría lo que ese comportamiento espiritual tenía de paradoja, pues requería, a un mismo tiempo, reciedumbre y exquisita delicadeza:

Reconozco mi torpeza, Amor mío, que es tanta..., tanta que, hasta cuando quiero acariciar hago daño. Suaviza las maneras de mi alma: dame, quiero que me des, dentro de la recia virilidad de la vida de infancia, esa delicadeza y mimo que los niños tienen para tratar, con íntima efusión de amor, a sus padres[6].

Por esas vías, que no eran de infantilismo sentimental, hacía el Señor más recia su alma, como observa en una catalina:

Camino de infancia. Abandono. Niñez espiritual. Todo esto que Dios me pide y que yo trato de tener no es una bobería, sino una fuerte y sólida vida cristiana[7].

Con la confianza de un hijo pequeño ante su Padre Dios, ajustó los antiguos hábitos de la oración, no sin esfuerzo, a aquel nuevo camino de infancia, confirmándose más y más en lo hermoso y suave que es este camino, porque lleva a los pecadores a sentir como los santos han sentido[8].

Es de notar que la mayoría de las catalinas en las que recoge ideas sobre la vida de infancia espiritual, o en las que expresa sentimientos personales de este género, corresponden a los meses de diciembre de 1931 y enero de 1932. Así, el 30 de noviembre, primer día de la novena de la Inmaculada Concepción, advertía: al rezar el rosario o hacer —como ahora en adviento— otras devociones, contemplo los misterios de la vida, pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo, tomando parte activa en las acciones y sucesos, como testigo y criado y acompañante de Jesús, María y José[9].

Ya por entonces se había acostumbrado a rezar el rosario contemplando los misterios de la vida de Nuestro Señor como un niño pequeño, transportado al escenario de los hechos y presente allí como testigo. A juzgar por las observaciones que añade (Me duele anotar estos detalles, que podrían hacer pensar algo bueno, o menos malo, de mí. Estoy lleno de miserias)[10], todo hace suponer que ese modo de rezar el rosario le metía en alta oración contemplativa.

Al segundo día de la novena, 1 de diciembre, esperaba —sin pedirlo— un favor, una señal de progreso en el camino de infancia espiritual, como regalo de esa novena a la Virgen. Expresamente lo consigna en una catalina:

Madre Inmaculada, Santa María: algo me darás, Señora, en esta novena a tu Concepción sin mancha. Ahora ya no pido nada —como no me lo manden—, pero te expongo ese deseo de llegar a la perfecta infancia espiritual[11].

Y una mañana, después de decir misa, al terminar la acción de gracias, escribió de una sentada, junto al presbiterio, en la sacristía de Santa Isabel, el Santo Rosario. No sabemos con certeza qué día de la novena; pero sí que la víspera de la fiesta de la Inmaculada, 7 de diciembre, estaba leyendo en Santa Isabel a dos jóvenes el modo de rezar el rosario, pues esa fue la intención con que lo escribió: ayudar a otros a rezarlo[12].

Más tarde, cuando hizo el prólogo, cuenta al lector el secreto de ese camino de infancia espiritual:

Amigo mío: si tienes deseos de ser grande, hazte pequeño.

Ser pequeño exige creer como creen los niños, amar como aman los niños, abandonarse como se abandonan los niños..., rezar como rezan los niños.

[...] Hazte pequeño. Ven conmigo y —éste es el nervio de mi confidencia— viviremos la vida de Jesús, María y José

Así, suavemente, se introduce al lector en escena:

No olvides, amigo mío, que somos niños. La Señora del dulce nombre, María, está recogida en oración.

Tú eres, en aquella casa, lo que quieras ser: un amigo, un criado, un curioso, un vecino... —Yo ahora no me atrevo a ser nada. Me escondo detrás de ti y, pasmado, contemplo la escena:

El Arcángel dice su embajada[13].

De la presentación de “Santo Rosario” son también estas líneas:

El principio del camino, que tiene por final la completa locura por Jesús, es un confiado amor hacia María Santísima.

En su casa guardaba una pequeña imagen de la Virgen, en talla de madera, a la que tenía costumbre de besar al salir o al entrar en el piso. (Mi Virgen de los Besos: terminaré comiéndomela, exclama en una de las catalinas)[14]. No sólo aquélla, todas las imágenes de Nuestra Señora le conmovían. De modo especial las que encontraba tiradas por la calle, en grabados o estampas sucias y polvorientas. O las que le salían al paso en sus correrías por Madrid, como la imagen en azulejos con que se topaban a diario sus ojos cuando dejaba Santa Isabel. Esta imagen, en la terraza de una casa de la calle de Atocha, presenció un extraño suceso a los pocos días de haber compuesto “Santo Rosario”. Lo relata en una catalina:

Octava de la Inmaculada Concepción, 1931: En la tarde de ayer, a las tres, cuando me dirigía al colegio de Santa Isabel a confesar las niñas, en Atocha por la acera de San Carlos, esquina casi a la calle de Santa Inés, tres hombres jóvenes, de más de treinta años, se cruzaron conmigo. Al estar cerca de mí, se adelantó uno de ellos gritando: “¡le voy a dar!”, y alzaba el brazo, con tal ademán que yo tuve por recibido el golpe. Pero, antes de poner por obra esos propósitos de agresión, uno de los otros dos le dijo con imperio: “No, no le pegues”. Y seguidamente, en tono de burla, inclinándose hacia mí, añadió: “¡Burrito, burrito!”

Crucé la esquina de Santa Isabel con paso tranquilo, y estoy seguro de que en nada manifesté al exterior mi trepidación interna. Al oírme llamar, por aquel defensor!, con el nombre —burrito, borrico— que tengo delante de Jesús, me impresioné. Recé en seguida tres avemarías a la Santísima Virgen, que presenció el pequeño suceso, desde su imagen puesta en la casa propiedad de la Congregación de San Felipe[15].

(El nombre de burrito lo empleaba reservadamente —como se ha dicho—, y sólo lo conocía su confesor). Al día siguiente anotó otras impresiones del suceso:

16 de diciembre de 1931: Ayer estuve como cansado, a consecuencia indudablemente del asalto de la calle de Atocha. Estoy convencido de que fue cosa diabólica. D. Norberto lo cree así también. El que trató de agredirme tenía una cara de insensato terrible. De los otros dos no recuerdo nada. Entonces —y después tampoco— no perdí la paz. Fue una trepidación fisiológica, que aceleró la marcha de mi corazón y que me di cuenta de que no se manifestó al exterior, ni en un gesto. Me pasmó, según conté, el tono de ironía, de burla que empleó para llamarme, por dos veces, burrito. Instintivamente, elevé mi corazón y me puse a rezar tres avemarías a nuestra Señora. Después, anoté a la letra en mi cuartilla las frases de aquella gente[16].

En su trato místico con la Virgen de los Besos está inspirada una de las más bellas y sublimes páginas de los Apuntes. No es un ensueño literario, como a primera vista pudiera parecer, sino candente experiencia interior. Una experiencia mística, en que la audacia del deseo se hace mandato, y con él abren los niños el reino de los Cielos.

Llegó el 28 de diciembre, fiesta de los Santos Inocentes, día en que tradicionalmente se gastan bromas, las llamadas “inocentadas”[17]. El capellán fue a Santa Isabel y se encontró con que, por veinticuatro horas, una novicia haría de priora en el convento, y de subpriora la monja más joven. Con gran regocijo se veía a las madres graves y ancianas cumplir los menesteres impuestos por la priora del día. Al volver don Josemaría a casa besó a su Virgen, comenzó la meditación y se le fue el santo al cielo. Y tomando la pluma escribió, sumido en oración, esta catalina:

Un niño visitó cierto Convento [...].

Niño: tú eres el último burro, digo el último gato de los amadores de Jesús. A ti te toca, por derecho propio, mandar en el Cielo. Suelta esa imaginación, deja que tu corazón se desate también... Yo quiero que Jesús me indulte... del todo. Que todas las ánimas benditas del purgatorio, purificadas en menos de un segundo, suban a gozar de nuestro Dios..., porque hoy hago yo sus veces. Quiero... reñir a unos Ángeles Custodios que yo sé —de broma, ¿eh?, aunque también un poco de veras— y les mando que obedezcan, así, que obedezcan al borrico de Jesús en cosas que son para toda la gloria de nuestro Rey‑Cristo. Y después de mandar mucho, mucho, le diría a mi Madre Santa María: Señora, ni por juego quiero que dejes de ser la Dueña y Emperadora de todo lo creado. Entonces Ella me besaría en la frente, quedándome, por señal de tal merced, un gran lucero encima de los ojos. Y, con esta nueva luz, vería a todos los hijos de Dios que serán hasta el fin del mundo, peleando las peleas del Señor, siempre vencedores con El... y oiría una voz más que celestial, como rumor de muchas aguas y estampido de un gran trueno, suave, a pesar de su intensidad, como el sonar de muchas cítaras tocadas acordemente por un número de músicos infinito, diciendo: ¡queremos que reine! ¡para Dios toda la gloria! ¡Todos, con Pedro, a Jesús por María!...

Y antes de que este día asombroso llegue al final, ¡oh, Jesús —le diré— quiero ser una hoguera de locura de Amor! Quiero que mi presencia sola sea bastante para encender al mundo, en muchos kilómetros a la redonda, con incendio inextinguible. Quiero saber que soy tuyo. Después, venga Cruz: nunca tendré miedo a la expiación... Sufrir y amar. Amar y sufrir. ¡Magnífico camino! Sufrir, amar y creer: fe y amor. Fe de Pedro. Amor de Juan. Celo de Pablo. Aún quedan al borrico tres minutos de endiosamiento, buen Jesús, y manda... que le des más Celo que a Pablo, más Amor que a Juan, más Fe que a Pedro: El último deseo: Jesús, que nunca me falte la Santa Cruz[18].

Dos días después, asentada ya la seriedad en el convento, las monjas le permitieron llevarse a casa la imagen del Niño Jesús. Envuelto en su manteo se llevó el sacerdote al “Chiquitín”, para felicitar juntos las pascuas navideñas a medio mundo. Aprovechando esa salida del convento hizo una foto al Niño:

Hoy me llevé el “Niño de Santa Teresa”. Me lo dejaron las Madres Agustinas. Fuimos a felicitar las Pascuas a Fray Gabriel, en los Carmelitas. El hermanito se alegró y me regaló una estampa y una medalla. Después vi al P. Joaquín, director de D. Norberto. Hablamos de la O. de D. —Desde allí fui a las Esclavas del A.M. Estuve mucho rato con Madre Pilar. —Luego a casa de Pepe R., donde retratamos al Chico. Antes de ir a casa, subí a la de D. Norberto, para que vieran al nene. En casa mamá rezó en voz alta un padrenuestro y avemaría. Y aquí tendré a Jesús hasta mañana[19].

Cuándo y cómo aprendió la vida de infancia espiritual nos lo cuenta en una de sus catalinas de enero de 1932:

Yo no he conocido en los libros el camino de infancia hasta después de haberme hecho andar Jesús por esa vía[20].

Ayer, por primera vez —escribe el 14 de enero—, comencé a hojear un libro que he de leer despacio muchas veces: “Caminito de infancia espiritual” por el P. Martín. Con esa lectura, he visto cómo Jesús me ha hecho sentir, hasta con las mismas imágenes, la vía de Santa Teresita. Algo hay anotado en estas Catalinas, que lo comprueba. Leeré también despacio la “Historia de un alma”[21].

Tan crecida de gracias iba ya su alma que, a pesar de sus renovados propósitos de no referir hechos extraordinarios, se le escapan, sin remedio, en sus catalinas algunos sucesos sobrenaturales. Así dos locuciones en febrero de 1932:

Esta mañana, como de costumbre —escribe el día 4—, al marcharme del Convento de Santa Isabel, me acerqué un instante al Sagrario, para despedirme de Jesús diciéndole: Jesús, aquí está tu borrico... Tú verás lo que haces con tu borrico... —Y entendí inmediatamente, sin palabras: “Un borrico fue mi trono en Jerusalem”. Este fue el concepto que entendí, con toda claridad[22].

En esos momentos le asaltó una duda. Con la atención concentrada en el asna de que habla San Mateo, creyó que la locución era una interpretación errónea, acaso diabólica, del evangelio. Tan pronto llegó a casa consultó los evangelios y se sosegó espiritualmente. Jesús entró en Jerusalén montado en un pollino[23].

Desde hacía tiempo, siempre que veía a una comunidad de religiosas orando, ejercitando la oración de infancia espiritual, decía: Jesús, no sé lo que te querrán éstas, pero yo te quiero más que todas juntas[24]. Pues bien, a poco de la locución del borrico, al dejar constancia de su falta de generosidad para con el Señor, se le escapa en los Apuntes otra de las muchas locuciones que tuvo:

16 de febrero de 1932: + Hace unos días que estoy bastante acatarrado, y eso era ocasión para que mi falta de generosidad con mi Dios se manifestara, aflojando en la oración y en las mil pequeñas cosas que un niño —y más un niño burro— puede ofrecer a su Señor cada día. Yo me venía dando cuenta de esto y de que daba largas a ciertos propósitos de emplear mayor interés y tiempo en las prácticas de piedad, pero me tranquilizaba con el pensamiento: más adelante, cuando estés fuerte, cuando se arregle mejor la situación económica de los tuyos... ¡entonces! —Y hoy, después de dar la sagrada Comunión a las monjas, antes de la santa Misa, le dije a Jesús lo que tantas y tantas veces le digo de día y de noche: [...] “te amo más que éstas”. Inmediatamente, entendí sin palabras: “obras son amores y no buenas razones”. Al momento vi con claridad lo poco generoso que soy, viniendo a mi memoria muchos detalles, insospechados, a los que no daba importancia, que me hicieron comprender con mucho relieve esa falta de generosidad mía. ¡Oh, Jesús! Ayúdame, para que tu borrico sea ampliamente generoso. ¡Obras, obras![25].

(Nueva gracia que, como premio a sus ansias de amar, el Señor le concedía para que se conociese mejor interiormente; y, por otro lado, acicate divino para exigirle una mayor entrega de todas sus facultades).

* * *

Espero grandes cosas, dentro de este año de 1931, había escrito en sus Apuntes en el mes de marzo. Y, ciertamente, se quedó corto en la expectación. Doce meses después hallábase tan repleto de gracia divina, que se sentía desbordado, como rebosan los efectos del vino al borracho; tan repleto de Dios, que sentía ganas de clamar por una tregua:

Me veo inundado, borracho de gracia de Dios. ¡Qué gran pecado, si no correspondo! Hay momentos —hoy mismo— en que me vienen ganas de gritar: ¡Basta, Señor, basta! (11‑III‑1932)[26].

El águila divina había cogido a aquel pajarillo y lo había remontado a alturas de vértigo. El Señor había estampado definitivamente en su alma el sentimiento de la filiación divina, que movía su espíritu a aceptar amorosamente cualquier suceso. Sin distinguir que sea —como le llama el mundo— favorable o adverso, porque viniendo de sus manos de Padre, aunque el golpe del cincel hiera la carne, siempre es también una prueba de Amor, que quita nuestras aristas para acercarnos a la perfección (29‑XI‑1931)[27].

Su valentía al meterse por senderos de dolor y expiación fue premiada por el triunfo del amor, que, de allí en adelante, se impone en su alma a cualquier otro sentimiento:

Jesús, siento muchos deseos de reparación. Mi camino es de amar y sufrir. Pero el amor me hace gozar en el sufrimiento, hasta el punto de parecerme ahora imposible que yo pueda sufrir nunca. Ya lo dije: a mí no hay quien me dé un disgusto. Y aún añado: a mí no hay quien me haga sufrir, porque el sufrimiento me da gozo y paz (24‑I‑1932)[28].

En adelante, lo normal en la vida de aquel sacerdote fue siempre una serena y amable combinación de grandes penas con grandes alegrías. Penas agridulces, que no le quitaban la paz; y alegrías no totalmente satisfechas.

Al asomarse a los Apuntes íntimos de aquella alma se ve y aprecia lo mucho que Dios ha obrado en el curso de un año, simplificándola en la oración, atrayéndola en los afectos:

Ahora, entre María y yo, entre Jesús y yo... ¡nadie! Antes buscaba santos intermediarios (7‑IV‑1932)[29].

Ahora voy directamente al Padre, a Jesús, al Espíritu Santo, a María. Esto no quiere decir que no tenga devociones (S. José, los Ángeles, las ánimas, Domingo, José de Calasanz, D. Bosco, Teresa, Ignacio, Xavier, Teresita, Mercedes, etc...), pero mi alma, indudablemente se simplifica. —R.Ch.V. (26‑II‑1932)[30].

Siguiendo el curso de una vida de infancia espiritual, joven y audaz, la oración del sacerdote brota ahora de manera imperiosa:

Mi modo de decir, en la oración, “yo quiero” es una manera infantil de pedir. No me salgo, por tanto, de la vía (14‑I‑1932)[31].

Del 1931 salió también el Fundador con un hábito un tanto singular. Comenzar a leer la prensa e írsele la mente a Dios era todo uno. Al principio, este hecho, que se venía repitiendo no pocas veces a lo largo del año, le pareció curioso, como ya apuntamos[32]. Pero pronto comprobó ser frecuentes e inexplicables las sequedades o favores que le cogían de improviso, fuera de tiempo y fuera de lugar; de manera intempestiva y, muchas veces, arrebatadora:

Es incomprensible: sé de quien está frío (a pesar de su fe, que no admite límites) junto al fuego divinísimo del Sagrario, y luego, en plena calle, entre el ruido de automóviles y tranvías y gentes, ¡leyendo un periódico! vibra con arrebatos de locura de Amor de Dios (26‑III‑1932)[33].

¿Estaba recibiendo lecciones prácticas de cómo se puede llevar vida contemplativa entre las congestiones del tráfico, el barullo de la gente o el ocio de una lectura?

El diablo, mientras tanto, no andaba inactivo. Sacudía a aquel hombre de Dios. Primero con la insinuación de que no tenía derecho a condenar a la pobreza a los de su familia por la “locura” de la Obra. Luego, intentando robarle la tranquilidad, encizañando lo del nombramiento oficial del Patronato de Santa Isabel. Finalmente, viendo lo poco que adelantaba, terminó por agredirle, con el permiso del Señor.

Al principio no advirtió el sacerdote que se trataba de la rabia del grandísimo tiñoso —como llamaba al diablo[34]‑, hasta que fue víctima de una peculiar clase de violencias. Un domingo de marzo, a mediodía, iba tranquilamente leyendo el breviario camino de una clase particular, cuando de buenas a primeras recibió un respetable pelotazo. Se contuvo y no volvió siquiera la cabeza para ver si fue casualidad o malicia[35].

Diez días más tarde, un Miércoles Santo, fue a confesar a las niñas internas del Colegio de Santa Isabel. Regresaba por la calle del Duque de Medinaceli cuando vio a unos chicos jugando en la acera del Hotel Palace. Ya escaldado con experiencias similares, se echó rápidamente al otro lado de la calle, pero no consiguió evitar lo inevitable:

Un puntapié formidable y... ¡pum!, en el cristal derecho de mis gafas y en mi nariz el golpe consiguiente. Tampoco volví la cabeza. Saqué el pañuelo y, con calma, seguí andando a la vez que limpiaba mis antiparras [...]. Al momento comprendí la saña diabólica (es mucha casualidad) y la bondad de Dios, que le deja ladrar pero no morder. Lo razonable, por lo menos, hubiera sido la rotura del cristal, puesto que recibió un golpe nada mediano... Quizá también una herida en mi ojo derecho. Aún lo primero habríame ocasionado un buen disgusto, porque me veo apurado para pagar los escasos tranvías que necesariamente he de coger... En fin: que Dios es mi Padre[36].

No hay dos sin tres, como atestigua otra catalina:

Lunes, 11 de abril: ayer, cuando iba por la calle de Álvarez de Castro —por la acera— leyendo mi breviario, para coger el 48 con dirección al hospital, me dieron ¡otro gran pelotazo! Me reí. Se fastidió[37].

Don Josemaría, con mucho sentido del humor, se percataba de que al diablo Dios le deja ladrar pero no morder[38]. También en otra ocasión sintió clarísimamente, por aquel tiempo, que el infierno bramaba contra la Obra de Dios. Sucedió a las doce de la mañana de un día de sol, en el paseo de Martínez Campos, esquina a la Castellana[39]. De ello no da más explicaciones, pues ya ha despersonalizado las catalinas de hechos sobrenaturales que afectan a su persona. Pero, indudablemente, el suceso está referido a una anotación de unas semanas antes en la que se lee:

El infierno rabia, brama y ruge, porque Satanás entrevé las almas que la O. de D. llevará a Jesús y el conjunto de su actuación en el mundo: el efectivo reinado de Cristo en toda la sociedad: Regnare Christum volumus[40].

 


 

[1] Carta 8‑XII‑1949, n. 41.

[2] Apuntes, n. 307.

[3] Ibidem, n. 328. El artículo 26 de la Constitución (art. 24 del anteproyecto), aprobado en la madrugada del 14 de octubre de 1931, dice: «Quedan disueltas aquellas órdenes religiosas que estatutariamente impongan, además de los tres votos canónicos, otro especial de obediencia a autoridad distinta de la legítima del Estado».

 No había duda sobre a quien iban dirigidos los tiros. Por decreto publicado el 24 de enero de 1932 se disolvieron los centros de enseñanza, noviciados y residencias de la Compañía de Jesús. Cfr. Gonzalo Redondo, Historia de la Iglesia en España (1931‑1939), Rialp, Madrid 1993, vol. I, pp. 164 y ss.

[4] Apuntes, n. 328. «Esa imagen del Niño Jesús —comenta mons. A. del Portillo— dio ocasión a nuestro Padre para que hiciese mucha oración y muchos actos de amor a la Humanidad Santísima de Jesús. Lo solía pedir a las monjas especialmente por las épocas de Navidad, y lo bailaba y lo arrullaba y lo mimaba».

[5] Ibidem, n. 347. Continúa diciendo en esta catalina: me haces sentir que la Obra de Dios no tendrá devociones ni imágenes particulares, privativas, como suelen tener las que son familias religiosas. (El Amor Misericordioso —y su doctrina— es universal).

 La devoción al Amor Misericordioso que el Fundador cita en esta catalina, fue una de sus devociones privadas. Por testimonios escritos, suyos y de testigos, sabemos que la practicó ya desde los primeros años de estancia en Madrid (cfr. Apuntes, nn. 432 y 1380; Álvaro del Portillo, Sum. 1268) y que todos los días hacía el ofrecimiento al Amor Misericordioso después de la Consagración de la Misa (cfr. Apuntes, n. 217; Álvaro del Portillo, Sum. 337, 1118 y 1119; Javier Echevarría, Sum. 2580; Joaquín Alonso, Sum. 4751). También difundía esta devoción entre otras personas, repartiendo o enviando estampas (cfr. Apuntes, n. 1029; José Ramón Herrero Fontana, AGP, RHF, T‑05834, p. 1).

 La devoción al “Amor Misericordioso” es complemento y desarrollo de la devoción al Corazón de Jesús. Nace en Francia en torno a la figura de Santa Teresa de Lisieux y su camino de infancia espiritual, siendo promovida por una religiosa salesa, Marie Thérèse Desandais.

[6] Apuntes, n. 570.

[7] Ibidem, n. 435. Al día siguiente (1‑XII‑31) añade: ¡La infancia espiritual! La infancia espiritual no es memez espiritual, ni blandenguería: es camino cuerdo y recio, que, por su difícil facilidad, el alma ha de comenzar y seguir llevada de la mano misma de Dios (ibidem, n. 438).

[8] Ibidem, n. 574.

[9] Ibidem, n. 435.

[10] Ibidem.

[11] Ibidem, n. 437.

[12] Cfr. ibidem, n. 454, nota 382. El original manuscrito, de diciembre de 1931, lo envió a su confesor con una nota en la que se lee: le entrego estas cuartillas a velógrafo, con el fin de empujar a nuestros amigos por el camino de la contemplación (cfr. AGP, RHF, D‑04668). Y el 1 de enero de 1932 escribe: Ayer estuve con el P. Sánchez. Me devolvió, acotadas, las cuartillas mías sobre el santo rosario (Apuntes, n. 529).

 Muy modestamente, y con intención de regalarlo, se editó en 1934 en Madrid, en la imprenta de Juan Bravo, 3; con licencia eclesiástica; 23 páginas en octavo. Lleva como título: “Santo Rosario”, por José María.

 La primera edición después de la guerra civil (José María Escrivá: “Santo Rosario”, s.a.; Gráficas Turia de Valencia) se imprime, probablemente a comienzos de octubre de 1939, ya que la licencia eclesiástica se obtiene en 2‑X‑1939. Esta edición lleva ya un prólogo del Excmo. Sr. Obispo de Vitoria y tiene formato de folleto.

 La primera edición comercial (Josemaría Escrivá de Balaguer: “Santo Rosario”, ed. Minerva, Madrid, 1945), a diferencia de las anteriores, tiene formato de libro, de reducido tamaño y bellamente ilustrado. El autor amplió ligeramente el texto de 1934 en el comentario de algunos misterios.

[13] Santo Rosario, primer misterio gozoso.

 Un apunte del 15 de agosto de 1931 parece indicar que con anterioridad ya vivía en ocasiones el método de contemplación señalado: Día de la Asunción de nuestra Señora — 1931: Ayer y hoy he importunado, con pesadez si cabe, a la Virgen Santísima, pidiéndole protección para la O. de D. Voy a hacer, desde esta tarde, una novena a nuestra Madre, celebrando su asunción en cuerpo y alma a los cielos. Realmente, gozo, pareciéndome estar presente... con la Trinidad beatísima, con los Ángeles recibiendo a su Reina, con los Santos todos, que aclaman a la Madre y Señora (Apuntes, n. 228).

[14] Ibidem, n. 226 (13‑VIII‑31). Citas de fechas posteriores relacionadas con la “Virgen de los Besos”: ibidem, nn. 239, 325, 488, 701 y 702.

[15] Ibidem, n. 484.

 Mons. A. del Portillo hace el siguiente comentario: «No le gustaba a nuestro Padre narrar sucesos de tipo sobrenatural, que tenían relación con su persona. Sin embargo, esta anécdota me la ha referido en más de una ocasión. Hacía notar, al contarla, que la hora no era propicia a engaños, porque se trataba de un día de mucho sol, y eran solamente las tres de la tarde. Al contarme lo que dijo al Padre su defensor, me dijo que había oído burrito, burrito: y este modo que empleaba nuestro Padre, para llamarse a sí mismo, no lo conocía nadie —aparte de Dios Nuestro Señor— más que su confesor, el P. Sánchez. El Padre atribuyó el ataque a una acción diabólica, y la defensa a su Ángel Custodio» (ibidem, n. 484, nota 397).

[16] Ibidem, n. 485.

[17] El “día de los Inocentes” equivale al “April‑fool’s day” en Inglaterra; y las bromas, a lo que los franceses llaman “poissons d’avril”, y los italianos il pesce d’aprile.

[18] Apuntes, nn. 516, 517 y 518.

[19] Ibidem, n. 528. «Refería la Madre Carmen de San José, ya difunta, que era sacristana en el tiempo en que don Josemaría era capellán, que había en la comunidad, y hay, un Niño Jesús pequeño, que sólo se saca a la iglesia en los días de Navidad para la adoración, y que cuando se lo pasaban a él por el torno, se le oía desde dentro tratar al Niño con mucha familiaridad y afecto y dirigirle saludos como si fuera un niño vivo; y que algunas veces el Siervo de Dios les pidió que le dejasen llevar a su casa este Niño, para hacer oración ante él, Niño que después devolvía a la comunidad» (Cecilia Gómez Jiménez, Sum. 6511).

 Las religiosas de Santa Isabel han editado recientemente una estampa del Niño Jesús con el siguiente texto impreso al dorso:

NIÑO JESÚS DE MONSEÑOR ESCRIVÁ’

 «En el Real Monasterio de Agustinas Recoletas de Madrid‑Atocha‑Santa Isabel, fundado por el Beato Alonso de Orozco en 1589, se encierra una rica historia de arte y de santidad. Entre sus tesoros, aunque muchísimos fueron destruidos por las llamas en la contienda civil ‑1936‑1939—, se guarda una imagen diminuta del Niño Jesús, tallada en madera, del siglo XVII, según parece, que se exponía antiguamente, y todavía se expone, a la veneración de los fieles en los días de Navidad.

 De este monasterio fue Capellán y Rector mayor, desde 1931 hasta 1946, monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei. Muy viva se conserva aún entre las religiosas contemplativas la memoria de aquel joven sacerdote amantísimo de la Eucaristía y muy dado a la oración. Y cultivan el recuerdo de algún lance singular habido entre el padre Escrivá y el Divino Niño. Se cree que de él recibió alguna gracia muy extraordinaria. El padre se llevaba con frecuencia a su habitación la ya célebre imagen, con permiso de la Priora. Y al devolverla se manifestaba conmovido y jubiloso. Por entonces ardía en fervores místicos, y escribió el libro CAMINO con el título de CONSIDERACIONES ESPIRITUALES, así como su tratadito EL SANTO ROSARIO.

 Para contemplar y venerar esta pequeña imagen del NIÑO JESÚS de Monseñor Escrivá llegan al monasterio de Agustinas Recoletas personas de los más lejanos países».

[20] Apuntes, n. 560.

[21] Ibidem, n. 562; y continúa así:

 Creo que ya la leí una vez, pero sin darle importancia, sin que, al parecer, dejara poso en mi espíritu. Fue primero Mercedes, quien hizo que yo comprendiera y admirara y quisiera practicar la síntesis de su vida admirable: ocultarse y desaparecer. Pero este plan de vida, que en ella era consecuencia, fruto sabroso de su humildad íntima y profunda, no es otra cosa, a fin de cuentas, que la médula de la infancia espiritual. Entonces, me tomó Teresita y me llevó, con Mercedes, por María, mi Madre y Señora, al Amor de Jesús.

 Su criterio respecto a este camino de espiritualidad lo expresa en una catalina del 2‑I‑1932: Cuando digo en estas catalinas que el Señor desea para los socios el conocimiento y práctica de la vida de infancia espiritual, no es mi intención uniformar las almas de los “hombres de Dios”. Por el contrario

[...], lo que veo es: 1º/ hay que dar a conocer a todos y cada uno de los socios la vida de infancia espiritual: 2º/ nunca se forzará a ningún socio a seguir este camino, ni ninguna otra vía espiritual determinada (ibidem, n. 535). Como escribirá más tarde, no impone a sus hijos espirituales ese camino sino que lo recomienda (cfr. Carta 8‑XII‑1949, n. 41).

[22] Apuntes, n. 543, del 4‑I‑1932.

[23] Estaba yo algo apurado —continúa la citada catalina, porque recordaba solamente el pasaje del cap. 21 de S. Mateo y creí que Jesús montó en un asna para entrar en Jerusalem, abro ahora mismo el Santo Evangelio (¡cuánta exégesis me hace falta!) y leo en el cap. 11 de S. Marcos, versículos 2, 4‑5‑7: Et ait illis: ite in castellum, quod contra vos est, et statim introeuntes illuc, invenietis pullum ligatum, (...) Et duxerunt pullum ad Iesum: et imponunt illi vestimenta sua, et sedit super eum (vide Luc. 19, 30 y 35; vide Ioann. 12, 14 y 15). —R.Ch.V.

 Niño bueno: dile a Jesús muchas veces al día: te amo, te amo, te amo...

 Y comenta mons. A. del Portillo: «Fue ésta una dedada de miel que el Señor dio a nuestro Padre, llenándole de alegría y de paz. A propósito del comentario del Padre —¡cuánta exégesis me hace falta!— conviene hacer notar que tuvo siempre las máximas calificaciones en la exégesis de la Sagrada Escritura, de la que hizo cuatro cursos. Lo que sucedió es que el Señor le cegó por unos momen

tos, para que necesitara asegurarse bien de estos pasajes testamentarios, y así no dudara después: así lo comentaba nuestro Padre» (ibidem, nota 451; cfr. Javier Echevarría, Sum. 3272; Julián Herranz, Sum. 4029; José Luis Múzquiz, Sum. 5853; y César Ortiz‑Echagüe, Sum. 6902).

[24] Apuntes, n. 421.

[25] Ibidem, n. 606; cfr. Camino, n. 933. Sobre esta locución intelectual de Nuestro Señor comenta mons. A. del Portillo que «removió mucho a nuestro Padre», no porque anduviera aflojando en la oración, sino porque «el Señor le pedía más, y con esta locución le dio luz para que se diese cuenta de muchos detalles insospechados» (ibidem, nota 496; cfr. Javier Echevarría, Sum. 3272; Julián Herranz, PR, p. 982; Ernesto Juliá, Sum. 4245; Giovanni Udaondo, Sum. 5083; Cecilia Gómez Jiménez, Sum. 6517; María Isabel Laporte, Sum. 5189).

[26] Apuntes, n. 653.

[27] Ibidem, n. 430.

[28] Ibidem, n. 582. Y continúa la anotación: D. Norberto me dice muchas veces que perderé esto y sufriré. No lo creo, Jesús: Tú no puedes quitarme lo que me has dado tan generosamente. Por si acaso, desde este momento para siempre, te digo: Hágase.

[29] Ibidem, n. 690.

[30] Ibidem, n. 618. El Fundador había organizado sus devociones a lo largo de la semana: El domingo lo dedicaré a la Trinidad Beatísima. El lunes, a mis buenas amigas las Animas del Purgatorio. El martes, a mi Ángel Custodio y a todos los demás Ángeles Custodios, y a todos los ángeles del cielo sin distinción. El miércoles, a mi Padre y Señor San José. El jueves, a la Sagrada Eucaristía. El viernes, a la Pasión de Jesús. El sábado, a la Virgen Santa María, mi Madre (ibidem, n. 568, del 18‑I‑1932).

 La Mercedes citada es la religiosa de las Damas Apostólicas del Sagrado Corazón fallecida en olor de santidad en 1929 —Mercedes Reyna O’Farril— ya mencionada anteriormente. Don Josemaría tuvo intención de escribir una biografía de esta religiosa y estuvo durante algún tiempo recogiendo documentación de la familia de Mercedes. En el Epistolario hay varias cartas a Dª Rosario Reyna de Ribas, hermana de Mercedes (cfr. EF-290721-1; y también EF-290801-1, EF-290830-1, EF-291000-1, EF-292331-1, EF-300411-1, EF-300716-1, EF-300813-1 y EF-301129-1).

 En carta a Rosario Reyna del 28‑I‑32, al saber que se le reclaman las cartas de Mercedes, pide una prórroga para su trabajo biográfico, cuyo retraso, escribe, se

debe a las circunstancias políticas primero; después la quema de conventos, que me obligó a levantar la Casa, saliendo del Patronato; y, finalmente, la dura necesidad de hacer frente a la vida [...]. De otro lado, como los momentos actuales no son propicios para andarse en aventuras editoriales, también esto contribuyó a detenerme en el camino que tenía trazado (EF-320128-1. Como se ve por cartas posteriores (cfr. EF-320205-1, EF-320417-1 y EF-321001-1), don Josemaría tuvo que devolver los documentos, sin poder trabajar en la biografía de Mercedes Reyna.

[31] Apuntes, n. 563.

[32] Cfr. ibidem, n. 618 (26-II-32).

[33] Ibidem, n. 673.

[34] Ibidem, n. 556.

[35] Ibidem, n. 659 (13‑III‑1932).

[36] Ibidem, n. 671 (23‑III‑1932).

[37] Ibidem, n. 693 (11‑IV‑1932).

[38] Ibidem, n. 671.

[39] Ibidem, n. 482.

[40] Ibidem, n. 393.