PRÓLOGO

 

    No se escriben estas líneas para mujercillas. –Se escriben para hombres muy barbados, y muy... hombres, que alguna vez, sin duda, alzaron su corazón a Dios, gritándole con el Salmista: "Dame a conocer el camino que he de seguir; porque a ti he levantado mi alma." (Ps. 143, 8)

    He de contar a esos hombres un secreto que puede muy bien ser el comienzo de ese camino por donde Cristo quiere que anden.

    Amigo mío: si tienes deseos de ser grande, hazte pequeño.

    Ser pequeño exige creer como creen los niños, amar como aman los niños, abandonarse como se abandonan los niños..., rezar como rezan los niños.

    Y todo esto junto es preciso para llevar a la práctica lo que voy a descubrirte en estas líneas:

    El principio del camino, que tiene por final la completa locura por Jesús, es un confiado amor hacia María Santísima.

    –¿Quieres amar a la Virgen? –Pues, ¡trátala! ¿Cómo? – Rezando bien el Rosario de nuestra Señora.

    Pero, en el Rosario... ¡decimos siempre lo mismo! – ¿Siempre lo mismo? ¿Y no se dicen siempre lo mismo los que se aman?... ¿Acaso no habrá monotonía en tu Rosario, porque en lugar de pronunciar palabras como hombre, emites sonidos como animal, estando tu pensamiento muy lejos de Dios?

    –Además, mira: antes de cada decena, se indica el misterio que se va a contemplar.

    –Tú... ¿has contemplado alguna vez estos misterios?

    Hazte pequeño. Ven conmigo y –este es el nervio de mi confidencia– viviremos la vida de Jesús, María y José. Cada día les prestaremos un nuevo servicio. Oiremos sus pláticas de familia. Veremos crecer al Mesías. Admiraremos sus treinta años de oscuridad... Asistiremos a su Pasión y Muerte... Nos pasmaremos ante la gloria de su Resurrección... En una palabra: contemplaremos, locos de Amor (no hay más amor que el Amor), todos y cada uno de los instantes de Cristo Jesús.