Mi diminuto Via Crucis

Si eres pequeño todo lo harás a tu medida.

Este diminuto Via Crucis ha sido escrito por un alma pequeña, pequeña y ciega.

 

Introducción

Soy un niño ciego con una madre muy buena.

Nunca me deja y me acompaña siempre.

Mi mano en su mano, me siento seguro.

A cada momento sé lo que piensa, lo que ella siente.

 

I. Condenan a muerte a Jesús

Hoy vamos apresurados: no sé donde; me da igual, voy con ella.

Presiento que algo importante va a suceder.

La gente nos rodea y grita; gritan a coro: ¡Crucifícale!

Mi madre aprieta; a cada grito un apretón más fuerte.

Quiero que esos gritos terminen; me duele mi mano.

 

II. Jesús carga con la cruz

La gente se pone en marcha; nos movemos, a su ritmo.

No es fácil seguirlos; aprietan y empujan.

Tengo miedo a perderme; mantengo fija mi mano en su mano.

Los pies me pesan; el paso se torna difícil.

Madre, me siento cansado.

 

III. Cae Jesús por primera vez

Un tirón fuerte me empuja hacia adelante.

Miro a mi madre sin comprender.

Noto su angustia.

Su mirada – lo sé – está fija en otro lugar.

Me quejo en silencio.

 

IV. Jesús encuentra María, su Santísima Madre

Sé que su mirada está fija.

No se mueve.

Un sudor frío recorre su mano, mi mano.

Trato de reaccionar, de prisa.

El momento ha pasado, me lo he perdido.

 

V. Simón ayuda a llevar la cruz de Jesús

La presión se relaja; vuelvo a sonreír.

Su frialdad deja paso a un sincero, afectuoso apretón.

Noto a mi madre más tranquila.

Sé que la bonanza es pasajera.

¿Qué nos aguarda?

 

VI. Una piadosa mujer enjuga el rostro de Jesús

Estamos parados.

Llamo su atención, tirando suavemente.

Ella atrae mi mano a sus labios.

Me limpia mi mano con sus ropas.

Sin embargo sé, que su mente está en otro lugar.

 

VII. Cae Jesús por segunda vez

Nada más comenzar a caminar, otro tirón, más fuerte.

Me tambaleo.

Protesto desairado.

Madre, ¿qué pasa?

Más pronto, callo, al comprobar su amargura.

 

VIII. Jesús consuela a las hijas de Jerusalén

Se oyen unos llantos femeninos.

Unos niños lloran también.

Uno mi voz a la suya.

Mi madre me consuela, acaricia mi mano.

Yo callo, y ellas callan también.

 

IX. Jesús cae por tercera vez

Todavía estoy secándome las lágrimas, cuando caemos de bruces; los dos.

No sé donde estoy.

Estoy perdido.

No pasa un segundo, cuando mi madre me coge otra vez, de la mano.

Y me levanta con ternura.

 

X. Despojan a Jesús de sus vestiduras

Llegamos a nuestro destino.

Nos paramos a cierta distancia.

Me descalzo; me duelen los pies.

Mi madre llora; me seco las lágrimas con su ropa.

Le ofrezco mi pañuelo para confortarla.

 

XI. Jesús es clavado en la cruz

Suena el ruido de un martillo.

A cada golpe siento las uñas de mi madre en mi carne de niño.

Yo aguanto.

El ritmo golpea mis oídos.

Al final siento correr unas gotas de sangre que tocan el suelo.

 

XII. Muerte de Jesús en la cruz

Todo está terminado.

Su mano se afloja.

Tengo miedo a que me deje.

¿Qué es madre lo que te aflige?

¿No puedo yo solo aliviarte?

 

XIII. Desclavan a Jesús y lo entregan a su Madre

Mis temores...

Mi madre me deja.

No sé donde estoy.

No lloro, no grito.

Palpo, todavía caliente, el cuerpo de su Hijo.

 

XIV. Dan sepultura al cuerpo de Jesús

Sigo a mi madre, a tientas.

Cae la noche; lo sé, oigo sus sonidos.

Noto otra vez su mano en mi mano, como siempre.

No, no como siempre.

Ahora, dulcemente, huele a bálsamo.

 

Epílogo

Acerca de lo que he escrito:

– ¿Qué‚ te parece, Jesús?

– ¡Basura!

– A mi me gusta...

– A mi también, habla de mi Madre.