Introducción al capítulo de Infancia Espiritual

Pedro Rodriguez

Camino, Edición crítico - histórica

 

La temática de estos capítulos –y de muchos puntos repartidos a lo largo del libro– está pidiendo una investigación detenida de la doctrina de Josemaría Escrivá sobre la infancia espiritual; una investigación que contemple su relación con la tradición que recibe especialmente, con San Francisco de Sales y, sobre todo, con Teresa de Lisieux, a la que venera e invoca precisamente por razón de esta doctrina (1). La matriz existencial de ese caminar como un niño delante de Dios tiene una dimensión importante según muchos testimonios, en su experiencia de Dios en el seno de su familia, en la vivencia del amor entregado de sus padres.

En la vida espiritual del Autor, tal como se refleja en sus Apuntes Íntimos, hay un periodo de verdadera eclosión de la “infancia espiritual”, que abarca desde el 2-X-1931 (2), tercer aniversario de la Fundación del Opus Dei, hasta finales de marzo de 1932, con un momento de especial intensidad durante la novena de la Inmaculada del 31, que se prolonga hasta mediados de enero de 1932 (3). Este “tiempo de gracia” viene precedido y acompañado, en la historia personal del Autor, de una profunda y sobrenatural vivencia de la paternidad de Dios y de la consiguiente filiación divina del Cristiano (septiembre – octubre de 1931) y del “descubrimiento” de la vida de infancia en Cristo (4). Son de esta época más de cincuenta anotaciones de los Apuntes Íntimos’ que comienzan así: “Niño...”

El 13 de enero de 1932 escribirá en su Cuaderno: “Yo no he conocido en los libros el camino de infancia hasta después de haberme hecho andar Jesús por esa vía.”

En efecto, ese mismo día 13 se había topado con un libro que había de leer con gran interés. Lo narra el mismo –inmediatamente después de escribir el punto 862 de Camino’– en un párrafo denso de contenido biográfico y espiritual: “Ayer, por primera vez, comencé a hojear un libro que he de leer despacio muchas veces: ‘Caminito de infancia espiritual’ por el P. Martín (5). Con esa lectura, he viso cómo Jesús me ha hecho sentir, hasta con las mismas imágenes, la vía de Santa Teresita. Algo hay anotado en estas Catalinas, que lo comprueba. Leeré también despacio la ‘Historia de un alma’. Creo que ya la leí una vez, pero sin darle importancia, sin que, al parecer, dejara poso en mi espíritu. Fue primero Mercedes (6), quien hizo que yo comprendiera y admirara y quisiera practicar la síntesis de su vida admirable: ocultarse y desaparecer. Pero este plan de vida, que en ella era consecuencia, fruto sabroso de su humildad íntima y profunda, no es otra cosa, a fin de cuentas, que la médula de la infancia espiritual. Entonces, me tomó Teresita y me llevó, con Mercedes, por María, mi Madre y Señora, al Amor de Jesús. Y aqui estoy cum gaudio et pace, siempre llevado, porque sólo me caigo y me ensucio, camino adelante, para creer, para amar y para sufrir. Que Santa María no suelte la cuerda del borrico de Jesús. Amen. Amen.”

Como digo, me parece de máximo interés la investigación sobre el tema, pero, ya desde ahora, puede decir que la característica dominante en ambos capítulos –quizá en contraste con otras formas de “vivenciar” esa niñez ante Dios– es esta, a mi parecer: la “infancia espiritual” que el Beato Josemaría vive y propone a los lectores, no es sólo, ni ante todo, pequeñez, humildad de la criatura ante Dios, sino, radicalmente, gozo y seguridad ante la paternidad de Dios – Padre, y modo de vivir la filiación divina del “niño”, que ve en Jesús a su Hermano mayor, al “Amigo Grande”. Es la lectura que Clemente de Alejandría hacía de Mt. 18, 3: “Son verdaderamente niños los que no reconocen por padre más que a Dios; los que son sencillos, pequeños, puros: los creyentes en un solo Dios.” El Logos –continúa– “les exhorta a poner su atención, imitando a los niños, solamente en el Padre.” Y concluye: “el que cumple este precepto es realmente un párvulo y un niño para Dios.”

Esta es, a mi entender, la característica fundamental de la manera propia que Escrivá tiene de comprender y vivir la vida de infancia. Este sentido de ser hijos de Dios en Cristo, definitorio de la fisonomía espiritual que extendió por el mundo, lleva al Beato Josemaría a sentir la paternidad de dios con la ternura de un niño ante su padre. Pero ese tránsito es un don divino que interpela a la libertad humana.

Por lo demás, es claro que la “vida de infancia” en la experiencia espiritual del Autor, señala cotas muy altas en el itinerario del alma hacia Dios. Por eso la sitúa en esta Tercera Parte del libro. El filósofo de la Universidad de Sevilla Jesús Arellano, al comentar estos capítulos de ‘Camino’, ha dicho que “la vida de infancia espiritual es la forma suprema de la vida teologal.”

 

NOTAS

1. “Ser niño. El Borrico de Jesús quiere ser niño. Ha habido una temporada, en la que se ha puesto zancos. Y, ¡claro!, ha tenido muchos percances. Basta: niño otra vez, y niño para siempre. Sancta Theresia a Iesu Infante, ora por me!

2. Era el día de los Santos Ángeles Custodios (y víspera entonces de Santa Teresita). Cuenta en su Cuaderno algo de la oración de aquel día: “¡Qué cosas más pueriles le dije a mi Señor! Con la confiada confianza de un niño que habla al Amigo Grande, de cuyo amor está seguro: Que yo viva sólo para tu Obra –le pedí–, que yo viva sólo para tu Gloria, que yo viva sólo para tu Amor. Y hubo afectos de amor par mi Madre y mi Señora, y me siento ahora mismo muy hijo de mi Padre - Dios.”

3. De esta época son la casi totalidad de las consideraciones incluidas en la sección de Consideraciones Espirituales (la primitiva edición de ‘Camino’) y otras muy numerosas también que se reparten por otros capítulos, como el lector puede ir comprobando en el aparato crítico. El primero de los puntos lo escribió el 30-XI-1931, el primer día de la Novena de la Inmaculada, y desde entonces hasta el 19-I-32 escribió 26 de los 35 puntos de Consideraciones Espirituales. Un día de la Novena, después de celebrar la Misa, dando gracias, escribió –“de una sentada”, como solía decir– Santo Rosario’, un opúsculo que es, todo él, fruto de la vida de infancia en la que le metió el Señor.

4. Descubrimiento vinculado a la contemplación reiterada de una imagen del Niño Jesús que se guardaba en la Iglesia Patronato de Santa Isabel (el “Niño de Santa Teresa” como le llamaba el Autor; el “Niño de Don Josemaría” le llamaban las monjas).

5. El Autor recomendaba en aquellos años la lectura de este libro. El lector puede leer este libro en esta misma página del internet.

6. Mercedes Reyna. Fue una de las primeras Damas Apostólicas del Sagrado Corazón, congregación fundada por Luz Rodríguez-Casanova, y que llevaban el Patronato de Enfermos. Tomó el hábito la víspera de Navidad de 1928 y entregó su alma al Señor un mes después, 23-I-1929, en olor de santidad. Josemaría Escrivá, capellán entonces del Patronato, que la conoció profundamente en vida y la atendió en el lecho de muerte, le tuvo una gran devoción personal.