Infancia Espiritual

Laurentino M. Herran

Gran Enciclopedia Rialp

 

Se designa con tal nombre un camino espiritual, consecuencia de la filiación divina, que lleva al cristiano a vivir abandonado en la Providencia divina y a sentirse y a actuar como un hijo pequeño delante de su Padre Dios,

Empecemos por eliminar un malentendido. Desorienta y perjudica que este camino de infancia, conocido a de Santa Teresa del Niño Jesús, se haya popularizado con el nombre de caminito, ya que infancia no es infantilismo, y para vivirla se necesita toda la viril reciedumbre que exige el Evangelio: “La infancia espiritual no es memez espiritual, ni ‘blandenguería’; es camino cuerdo y recio que, por su difícil facilidad, el alma ha de comenzar y seguir llevada de la mano de Dios” (J. Escrivá Balaguer, Camino, n. 855).

El camino de infancia es un mensaje de hondas raíces bíblicas, avalado por la doctrina constante de los Padres de la Iglesia y de los maestros espirituales, y que encierra el meollo de la espiritualidad cristiana, siendo, por ello, medio eficacísimo de santificación.

 

Sagrada Escritura

En la Biblia se encuentra la invitación de la Sabiduría: “El que sea niño que venga a mí” (Prv 9,16; cfr. Teresita, Historia de un Alma, IX, 5). En la literatura profética viene a ser lo mismo niño, pobre y humilde. Constantemente se proclama  bienaventurado a quien se acoge a la protección de Dios (Ps 2,12; 30; 33,9; 72,28; 73,19.21; 124,1), a quien solamente confía en Él y pone en sus manos sus problemas y su misma vida: “Yo me he comportado y he aplacado mi alma como niño en el regazo de su madre” (Ps 130,2; 33; 54,24). Así los humildes ponen en Dios toda su confianza (Ps 30), seguros de no verse confundidos (Ps 9,11; 70,1); porque, en definitiva, Dios, justicia, piedad y ternura, es el “defensor de los pequeños” (Ps 114,5.6). Y los profetas, en nombre de Dios, aseguran que son atendidos los pobres, los que en Dios tienen su refugio (Am 2,6; Soph 3,11; Is 49,15; 66,22): “Fui para ellos como quien levanta una criatura junto a la mejilla; yo me incliné sobre él y le daba de comer” (Os 11,4).

Jesucristo, agradeciendo al Padre que el misterio del Reino se lo hubiera revelado a los pequeñuelos (Mt 11,25), inculcó el espíritu de filiación que resumen estas palabras: “Si no os hiciereis como niños no entraréis en el Reino de los cielos” (Mt 18,3). Cristo, que conoce íntimamente al Padre, se presenta como su revelación personal (lo 14,9). Por eso tiene fuerza su insistencia en la predicación de esa paternidad divina que se extiende a todos: El que cuida de las aves y de las flores pondrá mucho mayor cuidado en sus hijos, los hombres, que valen más que todos los pájaros (Lc 6,26). El Padre amó tanto al mundo que le entregó a su Unigénito (Io 3,16), y el Unigénito del Padre ha venido precisamente a asegurar a su “pequeña grey” (Lc 12,32) que el Reino de los cielos, que Él gana con su muerte y su resurrección, lo da el Padre a quien lo acoge con espíritu de niño.

 

Reflexión teológica

Sobre esta constante enseñanza de la Sagrada Escritura los autores ascéticos han ido aportando sus reflexiones acerca del dato revelado para perfilar las notas que constituyen la infancia espiritual.

Ante todo es cuestión de vivir efectivamente la filiación divina. Dios Padre nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo (Eph 1,4). Por eso en Cristo – a quien estamos vinculados como Cabeza de la nueva Humanidad – el Padre nos ama con el mismo amor con que lo ama a Él (Io 15,9.15; 16,14-15), pues, en definitiva, somos hijos en el Hijo (1 Io 3,1.2; 4,7.16). Y, si hijos, coherederos (Rom 8,17) de la benevolencia que le tiene el Padre (Mt 3,17) y de las promesas que, según la Alianza, vinculó al Prometido (Gal 3,17.29). Todo, pues, en el cielo y en la tierra, lo ha puesto Dios a nuestro servicio (Eph 1,3.7; Gen 1,28-30), ya que el Padre, en fuerza de su amor, nos ha dado al Primogénito y en Él todas las cosas (Io 3,16; Rom 8,32; 1 Cor 3,22).

Infancia espiritual es, pues, un vivo sentimiento de familia: somos la “familia santa” de Dios: Dios, el Padre; Cristo, el hermano mayor; Maria, la Madre; y los hombres, hermanos (cfr. Mt 23,8; Eph 3,15). “Primogénito de muchos hermanos, después de su muerte y resurrección, gracias al don de su Espíritu, constituyó entre todos los que le reciben en fe y caridad una nueva comunidad fraterna... una familia fundada en el amor de Dios Padre y Cristo el hermano” (Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et spes, 32). Familia donde todo lo de Cristo (virtudes, merecimientos, gloria) se comunica a los hermanos por ese íntimo intercambio por el que todos somos un Cristo único y total (Gal 3,28). Y la prueba de estas estupendas realidades la da el Espíritu de Cristo que nos hace prorrumpir en el grito filial “Abba, Padre” (Gal 4,6; Rom 8,14): el niño tiene a cada paso en los labios el nombre de su padre.

Tal convencimiento determina en el cristiano una actitud característica: un continuo trato con Dios, una intimidad tan filial, que el sentimiento de la trascendencia de Dios no abruma sino que dignifica y estimula y la petición se hace como en los niños. Todo ello en un abandono total y absoluto – preocupaciones, negocios, apostolado...–, fruto de vivir aquella verdad de San Pablo de que todo lo ordena el Padre al bien de los que ama (cfr. Rom 8,28). El omnia in bonum que interpretan estas palabras de Escrivá de Balaguer: “No seas pesimista. – ¿No sabes que todo cuanto sucede o puede suceder es para tu bien? – Tu optimismo será necesaria consecuencia de tu fe” (Camino, n. 378). Tal es el clima de alegría y optimismo de quien vive ese misterio de infancia, ese “renacimiento” (Io 3,5) del que habla el Evangelio. Un abandono en Dios, ya que, igual que un niño, descansamos en manos del Padre que se preocupa de nosotros (Ps 30,16; 1 Pet 5,7; Philp 4,6).

Un optimismo de esas raíces no lo anulan ni los fracasos, ni las desgracias, ni el pecado mismo: “¡Has fracasado! – Nosotros no fracasamos nunca”. “¡Bienaventuradas malaventuras de la tierra! – Pobreza, lágrimas, odios, injusticia, deshonra... Todo lo podrás en aquel que te confortará”. “Que tus faltas e imperfecciones, y aun tus caídas graves, no te aparten de Dios. – El niño débil, si es discreto, procura estar cerca de su padre” (Escrivá de Balaguer, Camino 404; 717; 880).

 

Infancia espiritual: fortaleza y templanza

Este abandono no es quietismo: no paraliza la actividad en ningún orden de cosas, antes la estimula. Porque, en definitiva, procede de saberse hijo de Dios, amado de Quien es Amor, conocimiento que despierta la caridad. Y “un alma abrasada de amor no puede permanecer inactiva” (Santa Teresita, Historia de un Alma, X, 41). Ni en el orden espiritual, porque el abandono es respuesta al Amor y el Amor exige que secundemos sus urgencias redentoras: “La caridad de Cristo nos urge” (2 Cor 5,14). Ni en el orden temporal, pues sabemos que Dios, nuestro Padre, nos asocia a su Creación para que la perfeccionemos, para que nuestra laboriosidad contribuya a la promoción cultural y económica de la Humanidad, metas queridas por Dios y en cuya realización se demuestra la caridad de Cristo y el espíritu de las Bienaventuranzas (cfr. Concilio Vaticano II, Constitución Lumen gentium, 40; Gaudium et spes, 34.43.67; Decreto Apostolicam actuositatem, 4.8.30).

De este confiado abandono son testimonio la pobreza y la templanza vividas en su hondo sentido: comportarse como quien sabe que Dios, dueño absoluto de todas las cosas, se preocupa efectivamente de que a nadie le falten las gracias que necesita para realizar su santidad, ni las cosas terrenas que precisa cada uno para desempeñar cumplidamente el papel que tiene señalado en el desenvolvimiento de la Creación (cfr. Gaudium et spes, 37.38.43.72; Apostolicam actuositatem, 7). El que tiene el espíritu de infancia no posee nada y todo lo tiene a su disposición (1 Cor 7,30). “Los niños no tienen nada suyo, todo es de sus padres..., y tu Padre sabe siempre muy bien como gobierna el patrimonio” (Escrivá de Balaguer, Camino 867). El niño se fía de la palabra de su padre, sabe que el cielo y la tierra pasarán pero que la palabra de Dios no defrauda (Mc 13,31), sino que asegura: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6,33).

 

Infancia espiritual: humildad y docilidad

Esta persuasión de fe, que nos hace ver a ojos cerrados (Heb 11,1) fiándonos totalmente de nuestro Padre, hace sentir la absoluta trascendencia de Dios. Y éste es otro aspecto de la infancia espiritual. Por la fe, potenciada por los dones del Espíritu Santo, llegamos a experimentar que en esta familia que formamos con Cristo, Dios lo es todo: suyo ese “patrimonio” que es el Reino que nos tiene preparado y los medios para conseguirlo; suyo, el Hijo que nos comunica la vida trinitaria; y suyo, el Espíritu Santo que nos vivifica.

Es cuestión de dejarse guiar, pues en eso consisten la filiación divina y la infancia espiritual, en recibir a Cristo y dejarse llevar de su Espíritu (cfr. Io 1,12; Rom 8,14; Gal 5.16.25). Y el Espíritu nos llevará, como a Cristo, a buscar sólo la gloria de Dios. Para un niño su padre lo es todo y a el refiere la gloria de todo lo que tiene y hace: el cristiano refiere a Dios la gloria que pudiera redundarle de unirse a la Pasión de Cristo (Col 1,24), máxima glorificación del Padre (cfr. Io 12,28; 17,4; 21,19). Nosotros no somos más que miembros de Cristo, sarmientos de la vid; y en Él somos instrumentos de la salvación de los elegidos (2 Tim 2,10). No importa nuestra mejor o peor calidad: lo que cuenta es la actitud instrumental, pues nuestra eficacia proviene de Dios (2 Cor 3,5). Docilidad en una palabra: “Niño, el abandono exige docilidad” (Escrivá de Balaguer, Camino 871).

“Todos serán enseñados por Dios”: dóciles, que eso es dejarse enseñar, habían dicho los profetas y lo repite el Señor (Io 6,45). Docilidad, que es atención a las inspiraciones del Espíritu que va marcando la vocación personal dentro de la vocación general en Cristo. Docilidad que, para evitar la fácil ilusión en este terreno, nos lleva a someternos al superior, eslabón necesario en el encadenamiento del mundo y en el organismo sobrenatural, y a pedir consejo, en plano de sinceridad absoluta. Docilidad que se hermana con la naturalidad y sencillez, ante Dios y ante los demás hombres. Docilidad, entonces, que viene a coincidir con la humildad: que nos lleva a reconocer nuestra verdad: delante de Dios somos nada (todo lo nuestro es prestado), pero al tiempo es una real omnipotencia: “todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Philp 4,13). Así el espiritualmente niño se siente capaz de los más ilimitados atrevimientos en la santidad y en el apostolado. Como Santa Teresita que, anhelando realizar las hazañas de todos los santos, encontraba su vocación en el corazón de la Iglesia (Historia de un Alma XI, 15). “Ser pequeño: las grandes audacias son siempre de los niños. – ¿Quién pide... la luna? – ¿Quién no repara en peligros para conseguir su deseo? – ‘Poned’ en un niño así mucha gracia de Dios, el deseo de hacer su Voluntad, mucho amor a Jesús, toda la ciencia humana que su capacidad le permita adquirir... y tendréis retratado el carácter de los apóstoles de ahora, tal como indudablemente Dios los quiere” (Escrivá de Balaguer, Camino 857).