PUNTOS DE FORJA

 

80 Si eres buen hijo de Dios, del mismo modo que el pequeño necesita de la presencia de sus padres al levantarse y al acostarse, tu primer y tu último pensamiento de cada día serán para El.

 

101 Sé sencillo y piadoso como un niño, y recio y fuerte como un caudillo.

 

142 Procura que "la humildad de entendimiento" sea, para ti, un axioma.

Piénsalo despacio y... ¿verdad que no se comprende cómo puede haber "soberbios de entendimiento"? Bien lo explicaba aquel santo doctor de la Iglesia: "es un desorden detestable que, viendo el hombre a Dios hecho niño, él, sin embargo, quiera seguir pareciendo grande sobre la tierra".

 

195 Al considerar ahora mismo mis miserias, Jesús, te he dicho: déjate engañar por tu hijo, como esos padres buenos, padrazos, que ponen en las manos de su niño el don que de ellos quieren recibir..., porque muy bien saben que los niños nada tienen.

–Y ¡qué alborozo el del padre y el del hijo, aunque los dos estén en el secreto!

 

230 Déjame que te dé un consejo de alma experimentada: tu oración –tu vida ha de ser orar siempre– debe tener la confianza de "la oración de un niño".

 

234 ¡Madre mía! Las madres de la tierra miran con mayor predilección al hijo más débil, al más enfermo, al más corto, al pobre lisiado...

–¡Señora!, yo sé que tú eres más Madre que todas las madres juntas... –Y, como yo soy tu hijo... Y, como yo soy débil, y enfermo... y lisiado... y feo...

 

244 En momentos de agotamiento, de hastío, acude confiadamente al Señor, diciéndole, como aquel amigo nuestro: "Jesús: Tú verás lo que haces...: antes de comenzar la lucha, ya estoy cansado".

–El te dará su fuerza.

 

285 Es justo que el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo coronen a la Virgen como Reina y Señora de todo lo creado.

–¡Aprovéchate de ese poder! y, con atrevimiento filial, únete a esa fiesta del Cielo. –Yo, a la Madre de Dios y Madre mía, la corono con mis miserias purificadas, porque no tengo piedras preciosas ni virtudes.

–¡Anímate!

 

300 Niño: ¿no te enciendes en deseos de hacer que todos le amen?

 

301 Jesús–niño, Jesús–adolescente: me gusta verte así, Señor, porque... me atrevo a más. Me gusta verte chiquitín, como desamparado, para hacerme la ilusión de que me necesitas.

 

302 Siempre que entro en el oratorio, le digo al Señor –he vuelto a ser niño– que le quiero más que nadie.

 

305 Niño bueno: los amadores de la tierra ¡cómo besan las flores, la carta, el recuerdo del que aman!...

–Y tú, ¿podrás olvidarte alguna vez de que le tienes siempre a tu lado... ¡a El!? –¿Te olvidarás... de que le puedes comer?

 

329 El niño bobo llora y patalea, cuando su madre cariñosa hinca un alfiler en su dedo para sacar la espina que lleva clavada... El niño discreto, quizá con los ojos llenos de lágrimas –porque la carne es flaca–, mira agradecido a su madre buena, que le hace sufrir un poco, para evitar mayores males.

–Jesús, que sea yo niño discreto.

 

330 Niño, pobre borrico: si, con Amor, el Señor ha limpiado tus negras espaldas, acostumbradas al estiércol, y te carga de aparejos de raso y sobre ellos pone joyas deslumbrantes, ¡pobre borrico!, no olvides que "puedes", por tu culpa, arrojar la hermosa carga por los suelos..., pero tú solo "no puedes" volvértela a cargar.

 

335 Niño amigo, dile: Jesús, sabiendo que te quiero y que me quieres, lo demás nada me importa: todo va bien.

 

345 Llégate a Belén, acércate al Niño, báilale, dile tantas cosas encendidas, apriétale contra el corazón...

–No hablo de niñadas: ¡hablo de amor! Y el amor se manifiesta con hechos: en la intimidad de tu alma, ¡bien le puedes abrazar!

 

346 Hagamos presente a Jesús que somos niños. Y los niños, los niños chiquitines y sencillos, ¡cuánto sufren para subir un escalón! Están allí, al parecer, perdiendo el tiempo. Por fin, han subido. Ahora, otro escalón. Con las manos y los pies, y con el impulso de todo el cuerpo, logran un nuevo triunfo: otro escalón. Y vuelta a empezar. ¡Qué esfuerzos! Ya faltan pocos..., pero, entonces, un traspiés... y ¡hala!... abajo. Lleno de golpes, inundado de lágrimas, el pobre niño comienza, recomienza el ascenso.

Así, nosotros, Jesús, cuando estamos solos. Cógenos Tú en tus brazos amables, como un Amigo grande y bueno del niño sencillo; no nos dejes hasta que estemos arriba; y entonces –¡oh, entonces!–, sabremos corresponder a tu Amor Misericordioso, con audacias infantiles, diciéndote, dulce Señor, que, fuera de María y de José, no ha habido ni habrá mortal –eso que los ha habido muy locos– que te quiera como te quiero yo.

 

347 No te importe hacer pequeñas niñadas, te he aconsejado: mientras esos actos no sean rutinarios, no resultarán estériles.

–Un ejemplo: supongamos que un alma, que va por vía de infancia espiritual, se siente movida a arropar cada noche, a las horas del sueño, a una imagen de madera de la Santísima Virgen.

El entendimiento se rebela contra semejante acción, por parecerle claramente inútil. Pero el alma pequeña, tocada de la gracia, ve perfectamente que un niño, por amor, obraría así.

Entonces, la voluntad viril, que tienen todos los que son espiritualmente chiquitos, se alza, obligando al entendimiento a rendirse... Y, si aquella alma infantil continúa cada día arropando la imagen de Nuestra Señora, cada día también hace una pequeña niñería fecunda a los ojos de Dios.

 

348 Cuando seas sinceramente niño y vayas por caminos de infancia –si el Señor te lleva por ahí–, serás invencible.

 

349 Petición confiada de hijo pequeño: querría una compunción como la tuvieron, Señor, quienes más te hayan sabido agradar.

 

350 Niño, dejarás de serlo, si alguien o algo se interpone entre Dios y tú.

 

351 No debo pedir nada a Jesús: me limitaré a darle gusto en todo y a contarle las cosas, como si El no las supiera, lo mismo que un niño pequeño a su padre.

 

352 Niño, dile a Jesús: no me conformo con menos que Contigo.

 

353 En tu oración de infancia espiritual, ¡qué cosas más pueriles le dices a tu Señor! Con la confianza de un niño que habla al Amigo grande, de cuyo amor está seguro, le confías: ¡que yo viva sólo para tu Gloria!

Recuerdas y reconoces lealmente que todo lo haces mal: eso, Jesús mío –añades–, no puede llamarte la atención: es imposible que yo haga nada a derechas. Ayúdame Tú, hazlo Tú por mí y verás qué bien sale.

Luego, audazmente y sin apartarte de la verdad, continúas: empápame, emborráchame de tu Espíritu, y así haré tu Voluntad. Quiero hacerla. Si no la hago..., es que no me ayudas. ¡Pero sí me ayudas!

 

354 Has de sentir la necesidad urgente de verte pequeño, desprovisto de todo, débil. Entonces te arrojarás en el regazo de nuestra Madre del Cielo, con jaculatorias, con miradas de afecto, con prácticas de piedad mariana..., que están en la entraña de tu espíritu filial.

–Ella te protegerá.

 

359 Niño, dile: ¡oh, Jesús, yo no quiero que el demonio se apodere de las almas!

 

430 No te limites a hablar al Paráclito, ¡óyele!

En tu oración, considera que la vida de infancia, al hacerte descubrir con hondura que eres hijo de Dios, te llenó de amor filial al Padre; piensa que, antes, has ido por María a Jesús, a quien adoras como amigo, como hermano, como amante suyo que eres...

Después, al recibir este consejo, has comprendido que, hasta ahora, sabías que el Espíritu Santo habitaba en tu alma, para santificarla..., pero no habías "comprendido" esa verdad de su presencia. Ha sido precisa esa sugerencia: ahora sientes el Amor dentro de ti; y quieres tratarle, ser su amigo, su confidente..., facilitarle el trabajo de pulir, de arrancar, de encender...

¡No sabré hacerlo!, pensabas. –Óyele, te insisto. El te dará fuerzas, El lo hará todo, si tú quieres..., ¡que sí quieres!

–Rézale: Divino Huésped, Maestro, Luz, Guía, Amor: que sepa agasajarte, y escuchar tus lecciones, y encenderme, y seguirte y amarte.

 

446 Tienes certeza de que fue Dios quien te hizo ver, claramente, que debes volver a las pequeñeces más pueriles de tu antigua vida interior; y perseverar por meses, y hasta por años, en esas menudencias heroicas (la sensibilidad, dormida tantas veces para el bien, no cuenta), con tu voluntad quizá fría, pero decidida a cumplirlas por Amor.

 

598 Ciertamente tú puedes condenarte. Bien convencido estás, pues en tu corazón se encuentran gérmenes de todas las maldades.

Pero si te haces niño delante de Dios, esta circunstancia te llevará a unirte a tu Padre–Dios y a tu Madre Santa María. Y San José y tu Angel no te desampararán, al verte niño.

–Ten fe, haz cuanto puedas, ¡penitencia y Amor!, y lo que falte lo pondrán Ellos.

 

624 Exígete sin miedo. En su vida escondida, muchas almas así lo hacen, para que sólo el Señor se luzca.

Quisiera que tú y yo reaccionásemos como aquella persona –que deseaba ser muy de Dios– en la fiesta de la Sagrada Familia, entonces celebrada en la infraoctava de Epifanía.

–"No me faltan crucecicas. Una de ayer –me costó, hasta llorar– me ha traído a la consideración, en el día de hoy, que mi Padre y Señor San José y mi Madre Santa María no han querido dejar a «su niño» sin regalo de Reyes. Y el regalo ha sido luz para conocer mi desagradecimiento con Jesús, por falta de correspondencia a la gracia, y el error enorme que supone en mí el oponerme, con mi conducta villana, a la Voluntad Santísima de Dios, que me quiere para instrumento suyo".

 

924 Procura ser un niño con santa desvergüenza, que "sabe" que su Padre Dios le manda siempre lo mejor.

Por eso, cuando le falta hasta lo que parece más necesario, no se apura; y, lleno de paz, dice: me queda y tengo al Espíritu Santo.

 

928 Niño: ofrécele también las penas y los dolores de los demás.