COMO HIJOS PEQUEÑOS

Francisco Fernández Carvajal

Hijos de Dios (La filiación divina que vivió y predicó el Beato Josemaría Escrivá)

 

Dios quiere que nos comportemos como aquello que somos: hijos débiles, hijos pequeños, que necesitan continuamente su ayuda. La vida de infancia espiritual es un buen camino para vivir como hijos que confían en su Padre del Cielo. Aunque no todos los santos lo hayan manifestado de una manera explícita, ésa ha sido la actitud de todos ellos, porque el Espíritu Santo la origina siempre, inspirándonos esa rectitud de corazón que los niños tienen en su inocencia. También en el dolor y en la dificultad: “El niño hobo llora y patalea, cuando su madre cariñosa hinca un alfiler en su dedo para sacar la espina que lleva clavada... El niño discreto, quizá con los ojos llenos de lagrimas – porque la carne es flaca –, mira agradecido a su madre buena, que le hace sufrir un poco, para evitar mayores males.

“– Jesús, que sea yo niño discreto.” (Saint Josemaría). Debemos comprender que en la enfermedad, en el aparente fracaso profesional…, se encuentra la mano providente de un Padre que nunca ha dejado de velar por sus hijos. La infancia espiritual nos lleva a aceptar con corazón alegre y agradecido todo cuanto la vida quiera ofrecernos, lo dulce y lo amargo, como enviado, o permitido, por quien es infinitamente sabio, por quien más nos quiere.

Esta vida de infancia espiritual comporta sencillez, humildad, abandono, pero no es inmadurez. “El niño bobo llora y patalea...”: el infantilismo es inmadurez de la mente, del corazón, de las emociones; está estrechamente ligado a la falta de autodisciplina, a la falta de lucha. Esa actitud puede acompañar a muchas personas durante toda su vida, hasta la vejez, hasta la muerte, sin ser de verdad niños delante de Dios. La verdadera infancia espiritual lleva consigo madurez en la mente – visión sobrenatural, ponderación de los acontecimientos a la luz de la Fe y con la asistencia de los dones del Espíritu Santo – y, junto a esta madurez, la sencillez, la descomplicación: “El niño discreto mira agradecido...”. Por contraste, no progresa en esa senda de la vida de infancia quien vive en la maraña de las fluctuaciones de la inmadurez en sus deseos, sus ideas, sus ocurrencias, sus emociones, con una conducta variable en cada momento y permanentemente preocupado por su yo... En cambio, el niño discreto, en su sencillez, en su debilidad, está totalmente ocupado en la gloria de su Padre Dios.

En la vida cristiana, la madurez se da precisamente cuando nos hacemos niños delante de Dios, hijos suyos que confían y se abandonan en Él como un niño pequeño en brazos de su padre. Entonces vemos los acontecimientos del mundo como son, en su verdadero valor, y no tenemos otra preocupación que agradar a nuestro Padre y Señor.

Hacerse como niños, la vida de infancia, es un camino espiritual que exige la virtud sobrenatural de la fortaleza para vencer la tendencia al orgullo y a la autosuficiencia, que impide que nos comportemos como hijos de Dios y conduce, al ver una y otra vez los propios fracasos, al desaliento, a la aridez y a la soledad.

El cristiano decidido a vivir la infancia espiritual practica con más facilidad la caridad, porque “el niño es una criatura que no guarda rencor, ni conoce el fraude, ni se atreve a engañar. El cristiano, como el niño pequeño, no se aira si es insultado (...), no se venga si es maltratado. Más aún: el Señor le exige que ore por sus enemigos, que deje la túnica y el manto a los que se lo llevan, que presente la otra mejilla a quien le abofetea” (San Máximo de Turín). El niño olvida con facilidad y no almacena los agravios. El niño no tiene penas.

La infancia espiritual conserva siempre un amor joven, porque la sencillez impide retener en el corazón las experiencias negativas. “¡Has rejuvenecido! Efectivamente, adviertes que el trato con Dios te ha devuelto en poco tiempo a la época sencilla y feliz de la juventud, incluso a la seguridad y gozo – sin niñadas –, de la infancia espiritual... Miras a tu alrededor; y compruebas que a los demás les sucede otro tanto: transcurren los años desde su encuentro con el Señor y, con la madurez, se robustecen con una juventud y una alegría indelebles; no están jóvenes: ¡son jóvenes y alegres!

“Esta realidad de la vida interior atrae, confirma y subyuga a las almas. Agradéceselo diariamente ad Deum qui laetificat iuventutem – al Dios que llena de alegría tu juventud” (Saint Josemaría). Verdaderamente, el Señor alegra nuestra juventud perenne en los comienzos y en los años de la madurez o de la edad avanzada. Dios es siempre la mayor alegría de la vida, si vivimos delante de Él como hijos, como hijos pequeños siempre necesitados.