Vida de infancia espiritual

Michel Esparza

La autoestima del cristiano

 

Santa Teresita – como ella misma pidió, antes de morir, que la invocasen – nos legó una espiritualidad basada en el camino de infancia espiritual. En los manuales clásicos sobre la humildad, se hacía hincapié en las ventajas de las propias faltas de cara a la humildad: la propia miseria es humillante, pero ayuda a progresar en la vida cristiana, porque nos lleva a reconocer la necesidad de ser perdonados por un Dios que nos ama pesar de nuestros defectos. Sin embargo, a partir de Santa Teresa del Niño Jesús, se introduce un nuevo matiz: Dios nos ama no sólo a pesar de, sino, de algún modo, también gracias a nuestra flaqueza. Es lo que hemos visto en estas páginas, desde la perspectiva de una relación de amor recíproco con Jesucristo. El Señor es muy generoso y desea volcarse con quienes ama. Tiene predilección por los débiles que luchan. Si éstos reconocen su debilidad, Él puede volcarse más con ellos.

Ya San Pablo lo intuye cuando el Señor le dijo: “Mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza”; el Apóstol añade: “Por tanto, con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por eso me complazco en mis flaquezas” (2 Cor. 12, 8-10). Nos conviene, pues, ser como niños que no se extrañan de su flaqueza. Dios no nos da de qué hacernos fuertes, sino más bien de qué vivir con fortaleza mientras permanecemos en esa flaqueza que atrae sus dones. El pequeño es aquel a quien Él puede dar. El grande es aquel que comienza a pensar que ya se las puede arreglar solo. Está perdido. Al menos, perdido para la santidad. Con su propia vida Santa Teresita demostró que su pequeña vía es todo un atajo hacia la santidad. Leyendo su vida, se ve que tenía un carácter muy inseguro. Pero en cuanto descubrió la gran ventaja que suponía su flaqueza, todo fue sobre ruedas. Su espíritu, liberado de sus escrúpulos, se expansionó.

También nosotros podemos ser santos, y no solo a pesar de nuestras miserias, sino contando con ellas. “Al barruntar en nuestra alma – testimonia San Josemaría – el amor, la comprensión, la ternura con que Cristo Jesús nos mira, comprenderemos en toda su hondura las palabras del Apóstol: virtus in infirmitate perficitur (mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza) (2 Cor. 12,9); con fe en el Señor, a pesar de nuestras miserias – mejor, con nuestras miserias – seremos fieles a nuestro Padre Dios” (J. Escrivá, Amigos de Dios, n. 194)

La infancia espiritual colorea todas nuestras relaciones con nuestro padre Dios: nos lleva a imitar la oración sencilla de los niños, la confianza ilimitada que tienen en sus padres, la espontaneidad y las pillerías que les son propias. Como afirma Santa Teresita, “ser pequeño... es no desanimarse por las propias faltas. Pues los niños caen con frecuencia. Pues son demasiado pequeños para hacerse daño.”

Podemos aprender mucho del comportamiento de los nos. El ejemplo de los niños a la hora de pedir perdón es particularmente aleccionador. La santa francesa rememoraba así una de esas escenas: “Fíjate en un niñito que acaba de disgustar a su madre montando en cólera o desobedeciéndola. Si se mete en un rincón con aire enfurruñado y grita por miedo a ser castigado, lo más seguro es que su mamá no le perdonará su falta; pero si va a tenderle sus bracitos sonriéndole y diciéndole: Dame un beso, no lo volveré a hacer, ¿no lo estrechará su madre tiernamente contra su corazón, y olvidará sus travesuras infantiles...? Sin embargo, ella sabe muy bien que su pequeño volverá a las andadas en la siguiente ocasión, pero poco importa, si él vuelve a ganarla por el corazón, nunca será castigado...”

También San Josemaría describe escenas parecidas, sacando sabrosas consecuencias del camino de infancia espiritual. Quizá uno de sus meritos sea que consigue hacer asequible esa vida de infancia espiritual a cristianos corrientes en medio del mundo, nada familiarizados con los ambientes conventuales. Sus reflexiones al respecto se adaptan a todas las mentalidades; son siempre tiernas y viriles al mismo tiempo. Hay consideraciones suyas que se le graban a uno indeleblemente en la memoria, como esta a propósito de la filiación divina:

“Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo. Vivimos como si el Señor estuviera lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado.

“Y está como un Padre amoroso – a cada uno de nosotros nos quiere más que todas la madres del mundo pueden querer a sus hijos –, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo... y perdonando.

“¡Cuántas veces hemos hecho desarrugar el ceño de nuestros padres diciéndoles, después de una travesura: ¡ya no lo haré mas! – Quizá aquel mismo día volvimos a caer de nuevo... – Y nuestro padre, con fingida dureza en la voz, la cara seria, nos reprende..., a la par que se enternece su corazón, conocedor de nuestra flaqueza, pensando: pobre chico, ¡qué esfuerzos hace para portarse bien!

“Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que esta junto a nosotros y en los cielos” (J. Escrivá, Camino, n. 267)

El sentido de nuestra filiación divina y, en particular, la vida de infancia espiritual constituyen un antídoto ideal contra actitudes encogidas y voluntaristas, ya que ayuda a entender que la santidad se asienta sobre una base de humilde autoestima, de modo que es obvio que no se trata de hacer esfuerzos titánicos con el fin de compensar la negativa opinión que uno pueda tener de sí mismo. San Josemaría llega incluso a afirmar: “Jesús: nunca te pagare, aunque muriera de Amor, la gracia que has derrochado para hacerme pequeño” (J. Escrivá, Camino, n. 901). Ya hemos visto que esta actitud positiva hacia las propias carencias no tiene por qué mermar el deseo de lucha por mejorar. Lo que sí cambia es la motivación que inspira esa lucha. El amor, y sólo el amor, se hacen la fuente de la entrega generosa.

Otro tanto puede decirse acerca de Santa Teresa de Lisieux. Con cándida sencillez, afirma que desde que tenía tres años, no recordaba haber negado algo a Dios. Saberse hija pequeña y predilecta de Dios confería más bien otro cariz a su lucha. Escribe en una de sus cartas: “Jesús no me enseña a contabilizar mis actos, me enseña más bien a hacerlo todo por amor, a no negarle nada, a estar contenta cuando me proporciona una ocasión de probarle que le amo. Pero todo eso se realiza con paz, ¡con abandono!” En suma, la humildad permite comprender la verdadera esencia de la santidad. Ayuda a entender que Dios no pide perfección a secas, sino perfección de amor.

Ser como los niños consiste en abandonarse plenamente en las manos de Dios. Este abandono significa en primer lugar rendimiento amoroso: dejarse querer, poner toda nuestra vida en sus manos, permitirle que haga con nosotros lo que quiera. Es también una cuestión de fe y de humildad. Abandonarse en Dios significa no preocuparse por el futuro: tener plena confianza en su Providencia omnipotente y amorosa. Significa también no sobrevalorar las propias fuerzas, no desanimarse a causa de los propios defectos, pues el Señor tiene predilección por quien reconoce sus incapacidades. Se trata, pues, de abandonar en el Señor la propia valía y estima. “Nunca se tiene suficiente confianza en el buen Dios, tan poderoso y misericordioso”, afirma Santa Teresita.

Llegar a ese abandono total supone un largo camino. Ya vimos que para abandonarse en el Amor de Dios, hay que abdicar de las seguridades humanas. Tras años prefiriendo seguridades falsas pero tangibles, no es fácil cambiar de actitud; es como dar un salto en el vacío. Pero, si se hace, todo lo demás empieza a ir sobre ruedas.

Hay quienes no se sienten especialmente atraídos hacia ese camino, quizá porque piensan erróneamente que se trata de “niñerías y puerilidades” (J. Escrivá, Camino, n. 854). Parecen no entender que “todo esto no es una bobería, sino una fuerte y sólida vida cristiana” (J. Escrivá, Camino, n. 853). A otros, la vida de infancia espiritual les pone nerviosos, quizá porque les falta humildad para reconocer que son los que mas la necesitan. A fin de cuentas, ser como los niños significa, en primer lugar, tener la humildad de reconocer la propia indigencia. Ciertamente, no se puede imponer a nadie ese camino de infancia espiritual. De todos modos, la experiencia muestra que, a todas las almas de oración, el Espíritu Santo les hace descubrir tarde o temprano la maravilla de esta vida de infancia espiritual. ¡Cuanto antes, mejor!