La vida de infancia espiritual

Jesús Arellano

Estudios sobre camino

 

Análogamente sucede con la vida de infancia espiritual. Es forma suprema de la vida teologal de la Caridad o Amor, entrañada ahora de todas las modalidades vivificantes del don de Piedad o Amor a nuestro Padre-Dios.

Es la entrega a Dios en anonadamiento amoroso, para que en nuestra miseria y debilidad resplandezca solo y únicamente el Amor Misericordioso de nuestro Padre-Dios; la humillación en la aceptación de nuestras flaquezas y en el reconocimiento de nuestra nada, para que el poder de nuestro Padre-Dios se muestre en ellas perfecto (cfr. 2 Cor 12, 9); la aceptación de los sufrimientos interiores y externos, hasta la oscuridad de la Cruz, para que todo en nosotros sea confianza y Amor a nuestro Padre-Dios.

En la vida de infancia espiritual son transfundidas al modo del Amor filial las virtudes teologales de la Fe y de la Esperanza y todos los dones de inteligencia, ciencia, temor, fortaleza y consejo. La Fe es reconocimiento de la verdad y grandeza de nuestro Padre-Dios, de nuestra total dependencia de Él y de su acción, y la docilidad a sus enseñanzas e inspiraciones conforme a las palabras evangélicas: “serán todos ensenados por Dios” (Ioh, 6, 45). La Esperanza se vive como filial abandono amoroso en la Providencia de nuestro Padre-Dios, pese a fracasos, desgracias y pecados, como confianza en nuestro Padre-Dios Amor, del que todo lo recibimos y esperamos, como los niños de sus padres que los aman, y por eso nada hay que nos inquiete; como entrega fiada a la acción santificante de Dios, con audacia de niños; como abandono en las manos de Dios de cualquier resultado eficaz de nuestros esfuerzos de correspondencia a la gracia. La Fe y la Esperanza se consuman en la Caridad y adquieren en ésta su forma perfecta.

La humildad señorea la vida de infancia espiritual. Es el sentido profundo y vivido de nuestra incapacidad en el orden de la gracia, como la de los niños en la vida natural; el reconocimiento de nuestra propia nada, miseria y debilidad, y el encontrar precisamente en ellas, como los niños, nuestra fuerza, hasta nuestra omnipotencia unidos a Dios, conforme a las palabras del Apóstol: “Cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte” (2 Cor 12, 10). “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Phil 4, 13); la conciencia de que todo lo bueno que hay en nosotros, hasta todas nuestras virtudes y buenas acciones, ha sido creado en nosotros por Dios y a Él se lo atribuimos, de manera que no teniendo nada sobrenatural que podamos atribuirnos a nosotros, todo sin embargo lo tenemos a nuestra disposición; es también el no desanimarnos ante nuestras propias culpas, propias de la miseria natural del niño, sino que audazmente nos gloriemos de nuestras miserias por el abandono en nuestro Padre-Dios, conforme al espíritu del Apóstol: “Me gloriaré en mis debilidades para que habite en mi la fuerza de Cristo” (2 Cor, 12, 9).

El camino de infancia espiritual está impregnado todo él por el espíritu de las bienaventuranzas (cfr. Mt 5, 312): es el de los pobres de espíritu o pobres de corazón, en el desamparo de su debilidad, a quienes Dios otorga el Reino de los Cielos, ya en la vida de santidad o vida en Dios en este mundo y después consumado en la gloria; es el de los que viven la mansedumbre, la sencillez y la benignidad, que señorean la tierra desprendidos del mundo; es el espíritu de los que lloran, viviendo en el abandono de amor en la Cruz, a quienes Dios, Padre nuestro, sostiene y consuela en todas sus aflicciones; el espíritu de los que tienen hambre y sed de santidad, transidos del deseo de Dios, a los que nuestro Padre-Dios colma de bienes y gracias, el espíritu de los misericordiosos, que todo lo comprenden y todo lo llevan con amor piadoso, para quienes nuestro Padre-Dios se hace todo Amor Misericordioso; el espíritu de los limpios de corazón, de los que viven en la sencillez, “como niños en la malicia” (1 Cor 14, 20), a quienes se muestra Dios en su presencia íntima en el alma y a través de todos los avatares de la vida en su presencia de Dios providente, es el espíritu de los que obran la paz (“sembradores de paz y de alegría”, como le gustaba decir al autor de Camino), a quienes Dios les otorga el ser “hijos de Dios”; el espíritu de los perseguidos por causa de la justicia y santidad, que soportan con confianza filial las tribulaciones, desprecios, injurias y persecuciones, a los que nuestro Padre-Dios les abre y entrega, ya desde en la tierra, el Reino de los Cielos.

La vida de santidad y de apostolado se expande con toda su fuerza y riqueza en la plenitud consumada de la vida de infancia espiritual. Pero, también en ésta, la vida que se consuma en plenitud al final estaba ya presente desde el principio: ya desde el momento de nuestra conversión a Dios hemos empezado a vivir la vida de infancia espiritual. Camino nos ha ido conduciendo por ella desde los primeros pasos, nos ha dado a conocer las luces con que Dios iluminaba nuestro camino y ahondaba nuestro espíritu de correspondencia, nos ha ido exhortando, con palabras operativas, a los actos de vida del Amor filial según las virtudes morales y teologales y los dones, compenetrando siempre la confianza filial en la sola acción santificante de Dios y la colaboración generosa con la gracia (colaboración dócil y activa tan característica de la vida de infancia), conjugando la debilidad y sencillez del espíritu de infancia con el ejercicio de la reciedumbre y de la madurez varonil. (“Sed niños en la malicia: pero en la conducta, hombres hechos”, 1 Cor 14, 20).